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NOTICIAS & FARANDULA

Buenas ideas para llevarse bien en familia

Todos son únicos en una familia
Un hogar está formado por individuos. Es decir, ese pequeño que no te deja dormir por las noches es, en el mejor de los sentidos, un individuo, un ser único e irrepetible. Así que, para empezar, cada familia está formada por seres irrepetibles ¡e imperfectos! Nuestra pareja, nuestros hijos, nuestros padres y suegros…, todos cometen errores y hay que quererlos como son, ayudándoles a mejorar en las cosas importantes y pasando por alto las que no lo son tanto (vamos, casi todas). Hay que dar valor a cada uno por ser quien es y respetarlo a partir de ahí.

Exigir, pero con realismo
Todos hemos de cumplir con nuestras obligaciones, pero no somos una empresa, tenlo en cuenta. En una familia cada cosa tiene un orden. ¿Qué significa? Que a cada uno, individualmente, hay que exigirle aquello que puede alcanzar, pero siempre ‘que le permita dormir’.

Dirección por encargos
Es una idea copiada de la ‘dirección por objetivos’ de las empresas, una forma de dirigir llena de sentido común. Para que funcione una empresa, todos sus integrantes deben tener muy claro qué han de hacer y, en función de cómo lo desarrollen, se les evalúa, se montan planes de formación para mejorar su capacitación o se les aumenta el salario. En casa, cada miembro ha de tener un encargo (poner la mesa, recoger los juguetes, hacer las camas…). Intentarán cambiar entre sí sus cometidos, pero eso está muy bien (demuestra que todos lo han aceptado), y así se consigue -entre otras cosas- responsabilidad y se funciona como un equipo.

No ser patológicamente exigentes con las comidas y demás menesteres
La comida de las dos de la tarde en punto puede estar igual de rica a las dos y veinticinco; si el arroz se pasa un poco, tampoco es una tragedia (puede hasta generar risas y ‘buen rollo’). Estás en casa, con los tuyos. No te vuelvas un ogro por cada inconveniente que aparezca.

Ni, tampoco, maniáticos del orden
Es un principio fundamental: una familia un poco numerosa es una familia un poco desordenada. Asúmelo.

El trabajo no es un castigo divino: demuéstralo con tu ejemplo
Los padres somos un espejo en el que los hijos ven lo bueno y lo malo. En casa, con nuestras actitudes y opiniones, deben saber que el trabajo es una bendición. Y más en tiempos de crisis y con mucho paro. Tienen que vernos salir de casa yendo ilusionados a trabajar; no oírnos siempre criticando al jefe, sino vernos felices por lo que hacemos (y así nos lo facilitamos a nosotros mismos).

No escandalizarse
Imagínate la escena que relata Abadía: última hora de la tarde, algunos hijos duermen, otros no han llegado a casa y el pequeño juega sobre la alfombra. Comienza a cantar: “Una de dos, o me llevo a esa mujer, o entre los tres nos organizamos, si puede ser”, y luego: “Una de dos, o me llevo a esa mujer, o te la cambio por dos de quince, si puede ser”. Él, escandalizado, va a reprochárselo, pero su mujer le hace un gesto y no dice nada. Y ahí se queda algo que, tal vez recriminado con poco acierto, podría haber confundido aún más al niño (no era consciente del significado). ¿Conclusión? Hay que dar importancia sólo a lo importante. ¿La regla? Lo primero es lo primero, lo segundo es lo segundo y lo tercero es lo tercero (¿genial, eh?).

Crear un ambiente de optimismo
Hay que huir de los pesimistas como de la peste, porque esterilizan las ilusiones. Y puestos a huir, hay que hacerlo más rápido cuando se te acerca uno y te dice: “Yo no soy pesimista, soy realista”. Con un enfoque apocalíptico maleducamos a nuestros hijos, les volvemos menos participativos en la sociedad, les restamos fuerza para luchar.

Sonreír (y a veces es heroico)
La gente necesita sonrisas, y la gente somos todos. Pero sonrisas amplias, francas, alegres, abiertas. No ensayadas en el espejo, ‘puestas’ porque se haya leído en algún libro de autoayuda que sonriendo se triunfa en la vida.

Interesarnos por lo que nos cuenten
Todos -absolutamente todos- tenemos nuestras batallitas e historietas ¡y queremos que nos escuchen! Y, sí, son pequeñas e insignificantes, pero son las nuestras. Lo mismo ocurre con nuestros hijos: lo que nos cuentan es lo que les interesa, y para ellos es muy importante sentirse escuchados por sus padres. Pon tu oído, pero también tu comprensión.

Estar al día
Nuestra época es esta, la que vivimos con nuestros familiares, amigos, conocidos y demás. Nuestros tiempos son estos, y no puede ser que los mayores les amarguemos la vida a los jóvenes diciéndoles cómo se ha estropeado todo y lo buenos que éramos hace unos años. Hay que ponerse en la onda: saber quiénes son los cantantes que les gustan a nuestros hijos o nietos, pero, claro, hasta donde queramos (no es necesario ir a un concierto con ellos para sentirnos implicados).

No dejar pasar ocasiones de decir algo cariñoso, de felicitar a alguien por haber hecho algo bien o de dar noticias agradables. Es cierto que hacer las cosas como hay que hacerlas es nuestro deber, pero también necesitamos que se reconozca el esfuerzo, el empeño. ¿No te frustra que en tu trabajo sólo se destaque lo que no sale como es debido? ¿Alguna vez te ha servido para algo que no sea apocarte, recriminarte a ti mismo en exceso o perder interés? Pues en tu casa esa no es la ley, y menos con los que quieres.

Tú también fuiste adolescente
Es una de las etapas que más complica la convivencia, pero, si los padres actúan con tacto y delicadeza, hablando cuando hay que hacerlo, callándose la mayoría de las veces, respetando la intimidad -cada vez más necesaria para ellos-, los hijos reirán, llorarán y se enfadarán en casa, pero sabrán que se les quiere y respeta. Y en esta etapa eso es muy importante.

Arrancar de raíz cualquier inicio de conflicto
A veces convertimos la convivencia en una pelea de gallos y, como consecuencia, nos amargamos la vida y se la amargamos a los que tienen la ‘desgracia’ de vivir con nosotros. Y, casi siempre, por meras tonterías. Cuando ‘soplen vientos de tormenta’, abre la ventana para que se vayan…

¡Los hijos no mienten nunca!
Es decir, hay que confiar en ellos siempre. ‘Siempre’ quiere decir que, en caso de duda, ‘lo que dice mi hijo va a misa’ (y eso que todos sabemos que a veces nos cuentan cosas que no hay quien se las trague).

Cuidar los detalles
Se puede decir que la vida es un detalle, y el que no los cuida está perdido. El mundo se arreglaría si los mil millones de personas que lo ocupamos tuviésemos otros tantos mil millones de detalles con los demás. Hemos de facilitarnos la vida. No des nada por supuesto. Seguro que quieres a tu pareja, porque estás con ella, pero está muy bien que un día se lo digas, se lo expreses con un detalle… Y con tus hijos, lo mismo (verás cómo comienzan a imitarte, y lo bien que te sienta).

Hay que controlar la tele
Eso de llegar a casa y conéctala antes de quitarte el abrigo y dejarla puesta hasta que te acuestas, incluido el rato en el que, en teoría, estás cenando con tu familia, no sirve más que para gastar electricidad, oír un ruido que no te deja escuchar lo que te dice tu hijo o hija y tragarte todo lo que te echen. Si esta escena se repite día tras día, resulta que la tele se agiganta y tu pareja y tus hijos menguan. ¡Ve la televisión, pero con cabeza!

Los hijos tienen que quererse
Y eso no sólo es una responsabilidad de ellos, sino también de los padres. Toma nota de dos reglas: de un hijo no se habla nunca mal delante de sus hermanos; ni, por supuesto, se espera a que se vaya de una reunión familiar para ponerlos verdes a él y a su pareja.

Pedir perdón
Los miembros de una pareja también tienen que pedirse perdón, porque a veces pueden no tratarse con la delicadeza necesaria y eso hay que corregirlo. Es algo que olvidamos con frecuencia y que empaña de negatividad no sólo a ellos, sino a toda la casa (los hijos son un radar).

Establecer normas
Cualquier ámbito se regula por lo que está permitido y lo que no, por sus ‘leyes’ internas. Y una familia también. Pero has de establecerlas tú junto con los tuyos: las normas de mi familia no tienen por qué ser las mismas que las de la tuya. Lo que va bien en un hogar no es lo que ‘ordena’ y alegra otro. Estableced vuestras normas de funcionamiento (“no hace falta que sea por escrito, porque nadie las leería, pero establecedlas siempre”, dice Abadía).

No reñir cuando estamos enfadados
Otra regla de oro: “Cuando te apetezca mucho decir algo en una discusión, cállate”. Es decir, cuando estés muy enfadado con tu pareja o tus hijos y pienses ‘me van a oír’, cállate.

Todo, todo, todo.. ¡se celebra!
A esta vida hay que echarle sal. Ya hemos visto que en cada familia hay individuos, y cada uno se llama de una manera; es decir, tiene un santo. Y cumple años, o sea, tiene un cumpleaños. Eso hay que celebrarlo. Porque con ello se consigue que el protagonista de la fiesta se sienta querido; que la familia se haga una piña; que nos divirtamos juntos.

Delante de los hijos, siempre de acuerdo
En la familia no existe la ‘bicefalia’. No hay dos cabezas opuestas -al menos, hacia el exterior-. En casa, hay dos cabezas que piensan y que desean lo mejor para sus hijos. Y establecen acuerdos. Y unas veces gana uno, y otras, otro. Y no pasa nada…

Las broncas no son eternas
“A veces hay que pegar un puñetazo en la mesa. Un puñetazo simbólico, pero puñetazo. Y hay que decirle a un hijo que, aquello que ha hecho o ha dicho, ‘en esta casa, no’. Lo mejor es ‘pegar la bronca’ en privado, porque se trata de corregirle, no de humillarlo. Pero si lo que ha pasado ha sido delante de todos, entonces, ha de ser pública”, explica Abadía. Y se actúa en ese momento, no se prolonga más.

Nada de montar batallitas sin importancia
Trifulcas con los hijos, las menos. Sólo por lo que realmente haya que corregir: por aquello que pueda perjudicarles y que de ninguna manera aceptas que ocurra. Batallitas, una gorda cada 25 años, y ésa se gana. Así los hijos se dan cuenta de que sus padres sólo se meten en lo que importa, no en tonterías.

Hablar del trabajo
Los hijos tienen que saber en qué trabajan sus padres, cómo consiguen el dinero que cuestan las cosas que utilizan y que les son necesarias. Hay familias en las que los hijos no saben nada de las profesiones paternas, en qué consisten, cómo se desarrollan. Suponen que trabajan en algo, porque en casa se come y ‘de algún sitio llegará el dinero’. Así lo valorarán más.

Conseguir que en casa se encuentren bien nuestros hijos con sus amigos
Se ha de estar cómodo, sentirse bien. Y comodidad quiere decir libertad interna, respeto, no precisamente repantigarse comiendo pipas. Libertad de hablar y de opinar; nuestros hijos han de estar confiados, pensar: ‘si hago algo mal, ya me lo dirán’.

En las discusiones… No te empecines
No se trata de derrotar al otro; se discute lo que sea necesario, pero llega un momento en que uno se calla y no pretende arrollar con nuevos argumentos ni estrategias ni, sobre todo, decir la última palabra. La última palabra que la diga el otro. Busca el diálogo pero, cuando veas que no va bien, evita dar vueltas sobre lo mismo. No sirve de nada, sólo es perder el tiempo.

Diferenciar bien lo que nos tiene que importar mucho y lo que menos
Sí, ya lo hemos mencionado, pero Leopoldo Abadía insiste (y nosotros también, porque no son pocas las familias que ‘hacen aguas’ en este sentido). Un ejemplo: las evaluaciones escolares son importantes, porque te dan una idea de cómo va tu hijo con sus asignaturas, de cuáles se le dan mejor o de qué no le gusta, pero lo es mucho más cómo es él y todo lo que haya trabajado (o no) para obtener esos resultados. ¿Te has parado a pensar cómo se siente haciendo la tarea, cómo vive el obtener esas calificaciones?

La familia y uno más, y dos más, y… muchos más
La familia es un concepto mucho más amplio que el de ‘personas que viven bajo un mismo techo’, porque el padre tiene amigos, la madre también, los hijos también… Y toda esa gente es nuestra familia, son parte de ella. “Cuando ocurre algo bueno, se les llama para contárselo. Y cuando pasa algo malo, nadie les avisa, porque se presentan todos en nuestra casa”, dice Abadía. “De vez en cuando, hay que recordarles que viven en otra casa. Y a veces decirles que tienen todo el derecho a venir y que estamos deseando que lo hagan”.

Tacos ¿Y si establecemos una mínima lista de admitidos?
Las palabrotas, los términos ofensivos, ‘ensucian’ el ambiente. Muchas veces se sueltan por nervios o por enfado, y otras -lo peor- por pobreza de vocabulario, de lenguaje. Y eso hay que corregirlo. Hay que esforzarse en concretar al máximo lo que se piensa; en hacer un buen uso de nuestra rica lengua.

Crear normalidad dentro de la anormalidad
Hay que crear normalidad dentro de la anormalidad. Si alguien se pone enfermo, con una patología irreversible o con mala pinta, en primer lugar hay que digerirlo (bien difícil, la verdad). Pero de nada sirve enredarse con constantes ‘por qué me ha pasado a mí’. Hay que seguir y crear una nueva normalidad en esas situaciones duras. Sólo así la familia se sobrepone y continúa unida.

A la familia hay que dedicarle tiempo
Es tu principal negocio; tu patrimonio. Y hay que esforzarse para que los hijos lo perciban, para que se den cuenta de que para sus padres el principal interés es su casa. Deben notar el tiempo (de calidad) que se le dedica, el cuidado, la atención; han de ver todo lo que emocional, personal, laboral, económicamente…, se invierte en ese negocio tan fundamental.

A veces se fracasa, ¿y qué?
Dejémoslo claro para que nadie dude: en este mundo no hay ganadores. Hay gente que trabaja, que lucha, a la que unas cosas le salen bien y otras un poco torcidas. “A veces, el winner se calla el gol que no metió y todos piensan que siempre acierta con la portería, y no”, escribe Leopoldo Abadía.

No olvidar las leyendas familiares
Puede parecer una tontería, pero no lo es. Lo que sucedió a tus antepasados es bueno que lo sepan tus hijos y tus nietos. “Eso hace familia”, dice Abadía. “Porque, con todas las imperfecciones y todos los adornos, demuestra a los hijos que su familia no se ha ‘inventado’ ahora”.

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